Mr.Rain's Blog

11 julio 2009

Crónicas de muerte: Un día de quimio (Iera Parte)

Filed under: Columna — Mr.Rain @ 3:17 pm
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Me despierto temprano, a eso de las 6 de la mañana. Me estiro, bostezo, luego me pongo de pie y doy los quince pasos que me separan de la ducha. El agua está fría. Hay agua caliente, pero tengo afán, no puedo dormirme bajo el chorro de agua. Salgo, me visto y voy a desayunar: primera y última comida del día. Termino y vuelvo al baño, a lavarme los dientes. Tengo que mantenerlos muy limpios. Salimos.

Nos subimos, mi mamá y yo, al carro. Vamos en silencio, no tenemos muchas ganas de conversar. Conduce, ella, los cuarenta minutos que me separan del inicio de un mal día. Y llegamos al Hospital San Jorge. El portero ya nos conoce; clientes frecuentes, nos dice él, con una sonrisa triste en el rostro. Y cruzamos la puerta, y, el portero, como siempre, no puede evitar mirarme. Fija su mirada en mí: en mi rostro demacrado, en mi cabeza calva, en mis ojos sin pestañas y en mi frente sin cejas. No pasa nada, es normal que me mire.

Conozco el camino de memoria, entramos, giramos a mano derecha, luego a mano izquierda, por ese corredor que va al fondo. Segunda puerta a la izquierda, entramos a la unidad infantil, luego, la única puerta abierta del lado derecho y ahí está: Sanar. Nos reconozco. A mi, con todos esos niñitos, sin pelo, sin cejas, sin pestañas, delgados, demacrados, ojerosos, con aire cansado y, sobre todo, con esas expresiones de falsa tranquilidad. Esa expresión que adoptamos, nosotros, los niños, por una única y sencilla razón: nuestras mamás.

Porque al lado de esos niños, en los que me reconozco, veo a mi mamá. Y la veo triste, impotente. Y sé, sabemos nosotros, los enfermos, que ellas se sienten culpables, que se preguntan si será una especie de castigo. Ellas no se ven enfermas, pero sufren con nosotros. Y, sí, es quizás una especie de castigo: tener que acompañar a sus hijos a una muerte casi segura. Y por eso nosotros nos sonreímos entre todos, por eso tenemos caras de falsa tranquilidad, para ayudarlas a ellas. Porque es horrible; para todos.

Saludamos a las caras conocidas. Esos que empezaron conmigo y que todavía siguen. Y uno que otro que ya llevaba mucho más tiempo que yo cuando llegué. Todos sonríen dentro de ese triste ambiente de muerte.

Entonces entramos al consultorio del doctor. Nos saluda más sonriente que todos. Me pregunta cómo he estado. Bien, le respondo, bien, y sonrío. Me pregunta cómo me he sentido. Mejor, le miento. Sonrie. Y me examina. Me pesa, me mide, me palpa por todas partes pregúntandome si me duele. No, no me duele; ya no. Vamos bien, me dice y no sé si miente. Me hace pasar donde la jefe.

– Hola Jefe, ¿cómo está? – saludo alegre

– Bien, Migue, ¿y tú qué?, ¿cómo vamos? – responde

– Bien Jefe, bien – sonrío

– Bueno, vamos a ver esos brazos a ver qué hacemos – sentencia entre sonrisas.

Le extiendo mis brazos y ella los coge. Empieza a mirar, a tocar. Duele. Su expresión se torna seria. Comienza a revisar cada brazo, palmo a palmo. Cada vez se ve más seria. Me asusto, eso no puede ser bueno. Ruego por que encuentre lo que está buscando. Miremos a ver qué hacemos con estos hilos, dice. Me relajo: encontró algo.

Se gira y va hacia una caja, rebusca un poco entre las cosas. Vuelve, tiene un par de guantes, algodon y alcohol y una bolsita verde. Con un caucho me amarra la mano que de inmediato empieza a ponerse morada. Eso no pasaba al principio, pienso. Empieza a tocar y buscar, me frota con el algodon mojado con alcohol a ver si las venas se hacen más visibles. Se toma su tiempo. Mi mano está cada vez más oscura. Y entonces abre la bolsita y saca un catéter diminuto, verde. Tan pequeñas están esas venas, me digo. Da unos últimos toques, como asegurándose de su elección. Y chuza. Tengo un pequeño espasmo. La jefe mueve un poco la aguja dentro: aún no ha sangrado. Sangra, sangra, le pido a mi cuerpo. Vuelve a mover un poco la aguja por debajo de la piel. Me retuerzo, esta vez, mi mamá me abraza. Y entonces, siento un líquido tibio moviéndose por mi brazo. Sangró. ¡Gracias!

Me mira, la enfermera jefe, con una sonrisa seria.

– Vamos a empezar, Migue.

Y me conecta la quimio.

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3 comentarios »

  1. La medicina es única en su tipo en cuando a que es la mas humana de las ciencias, y la mas científica de las ‘humanidades (por así decirlo)’. Y ahi es donde se hace necesaria la mentira ‘piadosa’. No me gusta que los científicos mientan para evitar dolor. La mentira no suele ser un buen recurso.

    La verdad es prioritaria al evitar un sufrimiento.

    Comentario por MVRH — 11 julio 2009 @ 3:39 pm | Responder

  2. Aunque siempre sepamos que lo que mami dice es mierda, considero que las mentiras “piadosas” son necesarias. No omiten el dolor, pero tranquilizan el alma.
    Qué intrépido eras, Migue.

    Comentario por French Kiss. — 13 julio 2009 @ 1:12 pm | Responder

    • No estoy para nada en desacuerdo. Psicológicamente hablando, claro.

      La tranquilidad es conveniente en esos casos aunque no creo que Alma sea la palabra en ese caso.

      Comentario por MVRH — 15 julio 2009 @ 2:17 am | Responder


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